(un viaje de Rosa I. Hernández-García)
La controversia Ponte-Calcines creada a partir de las preocupaciones del escritor Antonio José Ponte relacionadas con las edificaciones que se están levantando en La Habana me han planteado otras reflexiones, por llamarlas de algún modo. Luego de leerme los dos artículos: “Una catedral rusa para La Habana” de Ponte y “Todos los caminos conducen al templo” de Calcines, más que querer volver a la ciudad llegando al templo o no, me hicieron pensar en las políticas públicas desde la Oficina del Historiador de la Ciudad, por un lado y por el otro, en las posturas in situ y exiliares del dime y direte inacabable entre los cubanos que se quedaron y los que se fueron.
Me pregunto yo, por qué no puede existir un debate serio con relación a la arquitectura que se está levantando en La Habana por la figura de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, y la relación de esa arquitectura con los/as que la habitan. De pronto los artículos pudieran leerse como un atacar por atacar de Ponte y/o un defender por defender de Calcines.
Luego de leer ambos artículos me resulta absurda la necesidad de Calcines en defenderse por ser uno de los que han “sitiado el Centro Histórico” junto con Leal Spengler. Cualquier persona, sea o no comunista, que simpatice o no con la Revolución de 1959, tiene el derecho de cuestionarse la urgencia de la Oficina del Historiador a querer destacar la figura de una “princesa” en La Habana por muy buena que sea después de muerta. Porque hay que saber que si estuviera viva el comunismo cubano no apoyaría las excentricidades que se adjudican las monarquías europeas en pleno siglo XXI. También se tiene el derecho a cuestionar por qué una monja de Calcuta, que visitó dos veces a La Habana necesita un homenaje de parte de un Estado concebido como ateo y que por mucho tiempo negó la libertad de culto. Por demás está preguntar que si se prohibió la libertad de culto, cómo es posible que haya una catedral griega y otra rusa. Qué hay de malo en cuestionar las decisiones que toman burócratas, administradores, historiadores, antropólogos, arquitectos… etc. (como muy bien hace hincapié Calcines) sobre una ciudad la cual se concibe como Patrimonio de la Humanidad, según la UNESCO. Lo malo de todo esto es que por más que Calcines quiera hacernos creer que dentro de toda esta gesta arquitectónica hay una inclusión del Otro es que necesite contestarle a Ponte preguntándole cuándo los cubanos de adentro y de afuera podrán tener un espacio cultural para ambos extremos. No creo que Ponte, a estas alturas, quiera encontrar un espacio cultural en una Habana que ya no es suya. Tampoco creo que a Calcines le interese construir una imbricación entre los de adentro y los de afuera.
Tanto en el lenguaje amargo de Ponte y en el sarcástico de Calcines hay algo que no me gusta. Ponte trae consigo un peso del que no está y que no ha podido superarlo. Al parecer su mirada será siempre una buscando lo negativo. Calcines, por su parte, y es el que más me disgusta, quiere hacernos creer que la gestión de Eusebio Leal Spengler es infalible. Por lo tanto la Revolución está dando aperturas nunca antes concebidas. Como yo veo las cosas es que las políticas públicas y las gestiones gubernamentales en muchos países están muy lejos de crearse y ejecutarse a conciencia y que la Revolución no está exenta de ésta.
Además, cuán justificable, urgente y necesaria, es que la ciudad tenga un jardín para Lady Di, otro para Madre Teresa, y dos catedrales: griega y rusa en un país que no ha parado de convulsar con unos/as ciudadanos/as que todos los días salen a buscársela mientras la ciudad se les cae literalmente encima. Los/as cubanos/as viven de las ruinas de ese nombrado Patrimonio de la Humanidad. La Habana se les hace, a mí parecer, cada día más lejana.
¿A quién beneficia una catedral griega y otra rusa? ¿A quién le beneficia estos jardines? Me parece a mí que los/as habaneros/as tienen ahora mismo otras necesidades arquitectónicas. Esto, parece ser, que no lo ve Calcines, ni los especialistas y se va en una defensa a Eusebio Leal Spengler casi injustificable porque el historiador de la ciudad tiene foro, poder y presupuesto para defenderse a sí mismo y a su obra. Más aún me parece de muy mal gusto cuando plantea: “¿Podríamos trabajar juntos los cubanos de adentro y afuera con un destino compartido que sea la “utopía diferente” de La Habana Vieja? ¿Podríamos dejar a un lado miserias y rencores para que –al margen de los diferendos políticos- aquí encuentre espacio y respeto el Otro cultural, ya sea de índole racial, religiosa, sexual…?” A mí entender es de mal gusto porque la Revolución no se ha distinguido por la apertura –“dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”- y queda demostrado en el artículo de Calcines por el tono y cuando coloca la referencia del de Ponte en la red y añade “cuyos refritos han reproducido los periódicos El País (España) y Clarín (Argentina). Me parece que a la Revolución le duele que luego de 48 años siga proyectándose incoherente y ambigua. Cómo nos va decir Calcines que haya espacio para la diversidad racial, religiosa y sexual, entre otras, cuando el film de Gutiérrez Alea, Fresa y chocolate, todavía no ha sido pasada por la televisión cubana. Cuando Alicia en el pueblo de las maravillas desapareció misteriosamente de los cines cubanos, etc. Entre otros sucesos más.
El papel lo aguanta todo y por lo tanto Calcines puede escribir de lo maravilloso de un mundo inclusivo, claro cuando él es parte de toda esa faena arquitectónica que se gesta en La Habana Vieja. Mientras mira con tanto recelo que un escritor cubano desde Madrid (con cierto poder de convocatoria ya que El País y Clarín le publican sus artículos) cuestione las razones de la toma de decisiones cuando una de las obras se le dedica a Fidel Castro en su cumpleaños #80 por ser “promotor de la transformación arquitectónica”. Calcines nos podrá argumentar de la certeza de esta declaración porque bajo el liderato político de Castro se le ha dado visto bueno a las obras desde 1959 por razones obvias. Sin embargo, también debemos aclarar que si bien es cierto que hay obra que ha sido justa y beneficiosa para el pueblo cubano desde el gobierno de Fidel, también debemos estar concientes de que mucho de lo negativo (por ser el líder máximo) también se debe a su gesta. La Revolución, ni Fidel, ni Eusebio Leal Spengler y lo que él representa son infalibles… entonces, por qué tanto miedo a la crítica.
Que me aclaren los arquitectos (ya que de arquitectura no sé nada), y de paso los/as habaneros/as si la obra de la Oficina del Historiador de la Ciudad va dirigida a mejorar las condiciones de vida de los/as ciudadanos/as y de la ciudad en sí misma para quienes hacen ésta día a día.
¿Volver a la ciudad? No sé, no creo, me asusta el kitsch.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados