Niebla de Miguel de Unamuno (Parte VI)
«Tengo que tomar alguna determinación —se decÃa Augusto paseándose frente a la casa número 58 de la avenida de la Alameda—; esto no puede seguir asÃ.»
En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, en que vivÃa Eugenia, y apareció una señora enjuta y cana con una jaula en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al ir a ponerlo faltó el clavo y la jaula se vino abajo. La señora lanzó un grito de desesperación: « ¡Ay, mi PichÃn!» Augusto se precipitó a recoger la jaula. El pobre canario revolotaba dentro de ella despavorido.
Subió Augusto a la casa, con el canario agitándose en la jaula y el corazón en el pecho. La señora le esperaba.
—¡Oh, gracias, gracias, caballero!
—Las gracias a usted, señora.
—¡PichÃn mÃo! ¡mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Gusta usted pasar, caballero?
—Con mucho gusto, señora.
Y entró Augusto.
Llevólo la señora a la sala, y diciéndole: «Aguarde un poco, que voy a dejar a mi PichÃn», le dejó solo.
En este momento entró en la sala un caballero anciano, el tÃo de Eugenia sin duda. Llevaba anteojos ahumados y un fez en la cabeza. Acercóse a Augusto, y tomando asiento junto a él le dirigió estas palabras:
—(Aquà una frase en esperanto que quiere decir: ¿Y usted no cree conmigo que la paz universal llegará pronto merced al esperanto?)
Augusto pensó en la huida, pero el amor a Eugenia le contuvo. El otro prosiguió hablando, en esperanto también.
Augusto se decidió por fin.
—No le entiendo a usted una palabra, caballero.
—De seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que llaman esperanto — dijo la tÃa, que a este punto entraba. Y añadió dirigiéndose a su marido—: FermÃn, este señor es el del canario.
—Pues no te entiendo más que tú cuando te hablo en esperanto —le contestó su marido.
—Este señor ha recogido a mi pobre PichÃn, que cayó a la calle, y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted —añadió volviéndose a Augusto— ¿quién es?
—Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez Rovira, a quien usted acaso conocerÃa.
—¿De doña Soledad?
—Exacto; de doña Soledad.
—Y mucho que conocà a la buena señora. Fue una viuda y una madre ejemplar. Le felicito a usted por ello.
—Y yo me felicito de deber al feliz accidente de la caÃda del canario el conocimiento de ustedes.
—¡Feliz! ¿Llama usted feliz a ese accidente?
—Para mÃ, sÃ.
—Gracias, caballero —dijo don FermÃn, agregando—: Rigen a los hombres y a sus cosas enigmáticas leyes, que el hombre, sin embargo, puede vislumbrar. Yo, señor mÃo, tengo ideas particulares sobre casi todas las cosas...
—Cállate con tu estribillo, hombre —exclamó la tÃa—. ¿Y cómo es que pudo usted acudir tan pronto en socorro de mi PichÃn?
—Seré franco con usted, señora; le abriré mi pecho. Es que rondaba la casa.
—¿Esta casa?
—SÃ, señora. Tienen ustedes una sobrina encantadora.
—Acabáramos, caballero. Ya, ya veo el feliz accidente. Y veo que hay canarios providenciales.
—¿Quién conoce los caminos de la Providencia? —dijo don FermÃn.
—Yo los conozco, hombre, yo —exclamó su señora; y volviéndose a Augusto—: tiene usted abiertas las puertas de esta casa... Pues ¡no faltaba más! Al hijo de doña Soledad...
Asà como asÃ, va usted a ayudarme a quitar a esa chiquilla un caprichito que se le ha metido en la cabeza...
—¿Y la libertad? —insinuó don FermÃn.
—Cállate tú, hombre, y quédate con tu anarquismo.
—¿Anarquismo? —exclamó Augusto.
Irradió de gozo el rostro de don FermÃn, y añadió con la más dulce de sus voces:
—SÃ, señor mÃo, yo soy anarquista, anarquista mÃstico, pero en teorÃa, entiéndase bien, en teorÃa. No tema usted, amigo —y al decir esto le puso amablemente la mano sobre la rodilla—, no echo bombas. Mi anarquismo es puramente espiritual. Porque yo, amigo mÃo, tengo ideas propias sobre casi todas las cosas...
—Y usted, ¿no es anarquista también? —preguntó Augusto a la tÃa, por decir algo.
—¿Yo? Eso es un disparate, eso de que no mande nadie. Si no manda nadie, ¿quién va a obedecer? ¿No comprende usted que eso es imposible?
—Hombres de poca fe, que llamáis imposible... —empezó don FermÃn.
Y la tÃa, interrumpiéndole:
—Pues bien, mi señor don Augusto, pacto cerrado. Usted me parece un excelente sujeto, bien educado, de buena familia, con una renta más que regular... Nada, nada, desde hoy es usted mi candidato.
—Tanto honor, señora...
—SÃ; hay que hacer entrar en razón a esta mozuela. Ella no es mala, sabe usted, pero caprichosa... Luego, ¡fue criada con tanto mimo!... Cuando sobrevino aquella terrible catástrofe de mi pobre hermano...
—¿Catástrofe? —preguntó Augusto.
—SÃ, y como la cosa es pública no debo yo ocultársela a usted. El padre de Eugenia se suicidó después de una operación bursátil desgraciadÃsima y dejándola casi en la miseria. Le quedó una casa, pero gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas.
Y la pobre chica se ha empeñado en ir ahorrando de su trabajo hasta reunir con qué levantar la hipoteca. Figúrese usted, ¡ni aunque se esté dando lecciones de piano sesenta años!
Augusto concibió al punto un propósito generoso y heroico.
—La chica no es mala —prosiguió la tÃa—, pero no hay modo de entenderla.
—Si aprendierais esperanto —empezó don FermÃn.
—Déjanos de lenguas universales. ¿Conque no nos entendemos en las nuestras y vas a traer otra?
—Pero ¿usted no cree, señora —le preguntó Augusto—, que serÃa bueno que no hubiese sino una sola lengua?
—¡Eso, eso! —exclamó alborozado don FermÃn.
—SÃ, señor —dijo con firmeza la tÃa—; una sola lengua: el castellano, y a lo sumo el bable para hablar con las criadas que no son racionales.
La tÃa de Eugenia era asturiana y tenÃa una criada, asturiana también, a la que reñÃa en bable.
—Ahora, si es en teorÃa —añadió—, no me parece mal que haya una sola lengua.
Porque este mi marido, en teorÃa, es hasta enemigo del matrimonio...
—Señores —dijo Augusto levantándose—, estoy acaso molestando...
—Usted no molesta nunca, caballero —le respondió la tÃa—, y queda comprometido a volver por esta casa. Ya lo sabe usted, es usted mi candidato.
Al salir se le acercó un momento don FermÃn y le dijo al oÃdo: «¡No piense usted en eso!» «¿Y por qué no?» , le preguntó Augusto. «Hay presentimientos, caballero, hay presentimientos...»
Al despedirse, las últimas palabras de la tÃa fueron: «Ya lo sabe, es mi candidato.»
Cuando Eugenia volvió a casa, las primeras palabras de su tÃa al verla fueron:
—¿Sabes Eugenia, quién ha estado aqu� Don Augusto Pérez.
—Augusto Pérez... Augusto Pérez... ¡Ah, sÃ! Y ¿quién le ha traÃdo?
—PichÃn, mi canario.
—Y ¿a qué ha venido?
—¡Vaya una pregunta! Tras de ti.
—¿Tras de mà y traÃdo por el canario? Pues no lo entiendo. Valiera más que hablases en esperanto, como tÃo FermÃn.
—Él viene tras de ti y es un mozo joven, no feo, apuesto, bien educado, fino, y sobre todo rico, chica, sobre todo rico.
—Pues que se quede con su riqueza, que si yo trabajo no es para venderme.
—Y ¿quién te ha hablado de venderte, polvorilla?
—Bueno, bueno, tÃa, dejémonos de bromas.
—Tú le verás, chiquilla, tú le verás a irás cambiando de ideas.
—Lo que es eso...
—Nadie puede decir de esta agua no beberé.
—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia! —exclamó don FermÃn—. Dios...
—Pero, hombre —le arguyó su mujer—, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?
—Mi anarquismo, mujer, me lo has oÃdo otras mil veces, es mÃstico, es un anarquismo mÃstico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también
anarquista, Dios no manda, sino...
—Obedece, ¿no es eso?
—Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!
Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos
cabellos y añadió:
—Te inspiró Él mismo. SÃ, Dios obedece... obedece.
—SÃ, en teorÃa, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.
—También yo soy anarquista, tÃa, pero no como tÃo FermÃn, no mÃstica.
—¡Bueno, se verá! —terminó la tÃa.